Hace muchos años que no voy a la peluquería un sábado. Creo que desde los quinceañeros. Normalmente duermo hasta las doce o una o tres. Depende de la noche anterior. Mi vida no es solo el noticiero madrugador. En la tarde ya me da flojera. De hecho, si no fuera por mi trabajo y porque en Tomyko me tratan excelente, no iría. Nunca.


Está repleto. Unas haciéndose tinte, otras la manicure, unas cuantas cepillado y unas pocas, como yo, haciéndose reacondicionamiento. Un tratamiento CPR ¿? Dicen que para reconstruir e hidratar el cabello. Todo en las peluquería suena, siempre, así de raro.


Era inevitable, mis puntas parecían una paja. El martes hice unas fotos para una revista. Demoré seis años en aceptar una “sesión fotográfica”. Me hicieron rulos, una y otra vez. El maldito pelo se desinflaba a cada rato. Entonces, “¿Carla? Por favor, arreglare las puntas”. Carla, enchufaba la tenaza y cuando estaba hirviendo, casi saliendole humo al aparato, me lo ponía en la cabeza. Ahí sí mi “pelito” se enroscaba. Pero solo por media hora, luego lacio, otra vez. Y de nuevo, ¿ Carla?

Era un montón de gente preocupada por mi cabello, mi ropa, mi maquillaje, mi mirada, mi escote, mis ojos, etc.



Cuatros días después ya me estoy arrepintiendo. No, en realidad es miedo. No sé como salga en las fotos. De repente se note mi cara de “¡Qué roche, ya me quiero ir!”. Peor ahora, que veo a todas en la peluquería, leyendo la revista en la que saldré.Ah! además, estoy tratando de recordar qué dije en la entrevista. ¿Habré hablado mucho?. Yo, y mi bocota.