Pensé que podría publicar algunas cosas durante mi viaje a Cuba pero el internet es muy caro y muy lento. Ya saben cómo son las cosas por allá desde que entraron los Castro. Durante la semana de mis vacaciones estuve realmente desconectada del mundo. Como nunca. Y no lo digo precisamente con alegría. Así es el sistema.

El vuelo duró 5 horas, 45 minutos y 2 rollos de papel higiénico. Estaba resfriada. Me había ganado unos pasajes en Taca a cualquier destino en Sudamérica o Centroamérica y estaban a punto de vencer. Siempre he querido conocer La Habana y unos cuantos mocos no iban a impedir que cumpla uno de mis sueños.



En la puerta del aeropuerto, un cubano de ojos alegres gritó, ¡Bus 475! Aquí, respondí. Cogió las maletas y nos llevó hasta la “guagua” que nos llevaría al Hotel. Sin mucho preámbulo agarró del brazo a mi pareja y le pidió unos dólares. No hemos traído. ¿Euros? Repreguntó. Acabamos de llegar. La típica del peruano, no hay sencillo. Fuimos los únicos turistas que no le dieron plata. Era muy persistente, yo creo que hasta agresivo. Es el sujeto de camisa celeste. El chofer del bus sabía perfectamente como era el asunto. Recibió plata del hombre en cuestión justo antes de arrancar.




Durante el camino al Hotel, el guía nos advirtió de la situación. Como saben en Cuba hay 2 monedas, el peso cubano y el peso cubano convertible. La población gana en pesos cubanos y en las tiendas, en todas, solo se vende en pesos convertibles. Los cubanos no tienen acceso a esa moneda, por lo tanto no pueden comprar nada. Solo reciben lo que el Estado les da. Entonces las 2 única formas de obtener pesos convertibles son pidiéndoselo a un extranjero o trabajar en el sector turístico y recibir propinas.

No vendan sus billetes convertibles por cubanos, no acepten nada en la calle, no crean cuentos, no vayan a ningún sitio que no sea turístico. No hicimos caso. Al anochecer, a eso de las 8 y 30 dando una vuelta por el Capitolio y luego de hablar con varios cubanos, hubo uno que nos dio confianza. Era un taxista.



Nos enseñó la fábrica de Habanos, ya cerrada a esa hora, y nos insinuó para ir a una casa ubicada en una quinta, justo al costado. Ahí podríamos comprar puros a mitad de precios, dijo. No teníamos interés, no fumamos puros. Pero dijo que si íbamos él recibiría un ticket más de víveres. Nos miramos y sin decir nada, fuimos. La zona no parecía muy “santa” que digamos pero ya estábamos ahí. Debo confesar que estábamos un poco asustados, pero la curiosidad pudo más que todo. Disculpen la cámara, estaba en macro.


Salimos, discutimos. ¿Serán bamba? Obvio, me dijo. A mí, me dio pena. Si los habanos no son buenos por lo menos recibirá más arroz. Por último, con los pesos convertibles que le dimos, comprará lo que quiera. Para nosotros eso es algo elemental pero para ellos, no. Yo creo que los puros que nos dieron, son así como un polo de algodón peruano pero con una etiqueta de marca “gringa”. Buenos insumos hechos en casa.

Acabo de contarle la historia a Federico y no me quiere recibir los puros de regalo. Ja, ja, ja. Mañana traeré uno para que lo fume. Ya les cuento que pasó.



En la casa de la venta encontré a un cubano que quería mandarle saludos a su hermana que vive aquí, en Perú. Se fue hace unos años. Se casó con un extranjero. Historia común.



Luego de esta incursión cubana, a la medianoche, recibí mi santo. Diferente. Con mojito. Me encantó.

El acoso en la calle es constante pero te acostumbras. Ya a la cuarta persona estas “canchero”. Te piden leche, pañales, jabón, lo que sea. Luego de haber visto eso del “ticket”, acepté comprarle leche a esta señora que me cogió del brazo en una tienda. Quería 3 cajas. Muy caro. Compré solo una que costó 2.5 pesos convertibles. Más o menos 5.70 soles. Comprando toda la tienda no iba a solucionar el problema en Cuba.


Estuvimos 2 días en La Habana. Los 3 restantes la pasamos en Varadero. De ahí no hay mucho que contar. Lindo, relajado. “All inclusive”. Pero parecía otro país. Lo mejor de esta segunda parte de mis vacaciones fue hablar con los cubanos que trabajan en los «resorts». Sin pelos en la lengua, tan alegres. Unos, acostumbrados al sistema y sin ánimo de querer hablar mal de su país porque finalmente de viven del turismo. Otros esperanzados en que tal vez sus hijos sí verán el cambio.