Estaba en plena sesión de tinte. Eso quiere decir que tenía que estar al menos una hora sentada. Por eso es común ver en las peluquerías tantas cabezas descolgándose de sueño en cada sillón. Yo procuro que la fecha en la que debo ocultar mis raíces coincida con el día en que escribo esta columna. Así mato el tiempo.

Era uno de esos días en los que no me sale ni una sola palabra. Tenía la laptop abierta sin saber cómo empezar. A veces las madrugadas me chupan las ideas. Entonces me distraje escuchando a otra clienta pedir que le corten el pelo a la altura de las orejas. Por el atuendo, lucía como una ejecutiva importante, su pelo bien cuidado y largo cubría su espalda en degradé. Parecía una caserita de la sección de Sociales y de hecho creí haberla visto alguna vez. Me llamó la atención que fuera tan arriesgada para cambiar radicalmente su ‘look’. La estilista le preguntaba si estaba segura de lo que haría. Entonces sonó su celular.

Comenzó a exaltarse, al parecer hablaba con su chico, que imagino no debe ser tan chico. Ella bordea los 40. Todo indicaba que era una conversación pendiente. Luego recordé de quién se trataba. Era lo que muchos llamaríamos una mujer de éxito: inteligente, hábil en los negocios, conocida con un sobrenombre de dureza y rigidez. Sabe de lo suyo. Pero de pronto la dama de hierro se convirtió en una gelatina ante los gritos y exigencias no sé qué del sujeto del otro del teléfono. Estaba al borde del llanto. Definitivamente esta no era la primera vez que la trata mal.

Es una lástima que en la universidad y en los PHD no enseñen: Cómo parar en una al tarado que te grita como si fueras cualquier cosa I, II y III. Increíble cómo alguien que derrocha tanta seguridad puede desarmarse en segundos, frente a su pareja. ¿Por qué?

Hace poco conocí de un estudio en el Reino Unido que decía que la mujer cuanto más inteligente menos posibilidades tiene de casarse. Con los hombres sucedía lo contrario. Los especialistas habían tomado pruebas de coeficiente intelectual a 900 niños y 900 niñas. Cuarenta años después los buscaron y descubrieron que las posibilidades de que ellas contrajeran matrimonio es 40% menos que ellos, sobre todo si deciden seguir estudiando. Los investigadores, de la Universidad de Edimburgo, aseguraban que los varones prefieren a mujeres que se asemejen a sus madres y que les den apoyo en la casa cuando salgan a trabajar. Punto. En cambio, las mujeres de éxito buscan a hombres ‘interesantes’ y prefieren esperar lo que sea necesario antes que elegir a cualquiera. Y así, concluían, se les pasa a ellas el tiempo sin darse cuenta.

Tonterías. No sé por qué tenemos que hacerles caso a estos científicosque deberían hacer experimentos con ratones y no con seres humanos. Somos alma y cuerpo a la vez. Menos aún, a los británicos que no se caracterizan, precisamente, en ser unos expertos de las emociones.

Creo que la clave está en la educación y no me refiero a la superior sino a la familiar. Recién ahora se habla del crecimiento educativo y profesional de la mujer. Somos una generación que todavía sufre de los rezagos machistas del pasado. Todavía quedan en nuestro inconsciente los mensajes de que somos unas princesitas, que pronto nacerá tu hermanito para que te proteja o que eres la bebe de la familia (aunque hayas sido la mayor). Si podemos competir con ellos en lo laboral estoy segura que podremos revertir esas cifras en lo sentimental. Estoy segura que en el 2054 esos gringos, para entonces ancianos, obtendrán otros resultados. Todo depende de cómo eduquemos a nuestros hijos. Si somos capaces de liderar empresas sin que nos tiemble la voz, de tomar decisiones que cambien el destino de miles de personas ¿por qué tendríamos que acobardarnos frente al maltrato de un idiota al teléfono? A veces, lo que necesitamos no es un cambio de look, sino un cambio de pareja.