En el último mes de mi embarazo la barriga me creció un 100%. Cada vez que me miraba al espejo no podía dejar me pensar en cómo quedaría mi cuerpo. Eran sentimientos encontrados: Feliz porque faltaba poco para besar a Fabio pero angustiada por mi físico. Nunca antes había tenido 20 kilos de sobrepeso. Jamás había utilizado pantalones con elástico. Menos aún sostenes especiales.
Mi jefa me había dado carta libre para regresar al trabajo cuando lo creyera necesario. Recuerdo haberle respondido que no regresaría a la pantalla hasta que estuviera presentable. Que si era necesario me ‘fileteaba’, exclamé una vez. Me refería a la cirugía estética, que en buen cristiano eso significa.

Volví al trabajo al mes y sin bisturí de por medio. Tuve un buen nutricionista.
Pero doce meses después me pregunto si de verdad me hubiera atrevido a hacerme una liposucción. Siempre había criticado el riesgo absurdo al que se someten algunos solo por verse mejor y paradójicamente terminé siendo una más.
¿Qué hay detrás de estos arreglitos corporales? Conversando con algunos psicólogos he encontrado que coinciden en que habría una búsqueda de la aprobación social. Y lamento decir que somos las mujeres las que paramos pendientes de eso.
Hay, por otro lado, una corriente que dice que si una quiere verse bien y puede pagarse una operación, que lo haga. Puede ser válido pero los especialistas dice que podría resultar peligroso. No solo por el riesgo que siempre existe al someterse a una intervención quirúrgica sino al tema emocional. Es necesario operarse para eliminar ese rollo que no te deja poner ‘el’ bikini. Una cirugía se justifica por querer desterrar esos molestos apodos que te ponían en el colegio: Pinocha, Tucán, Doberman (porque no tienes cola) o pechos de huevo frito. ¿Importa realmente? ¿Sí? ¿A quién? Al resto. ¿Acaso somos solo cuerpo? No hubiera sido natural que luego de estar embarazada quedara con algunos kilos de más. Ahora pienso que sí.
¿Cuantas cirugías son el límite? ¿Una? ¿Dos? ¿Hasta que te sientas bien? Te das cuenta que en ese caso estarías relacionando la felicidad a la apariencia?
Conozco a mujeres que viven frente al espejo y les encanta resaltar que son bonitas pero debo recordarles que la imagen no lo es todo. Ni siquiera en los concursos de belleza: también hace falta saber expresarse, conducirse con seguridad, tener algún talento y responder a preguntas genéricas con astucia.
Cuando todavía era adolescente y mi autoestima estaba en formación, una amiga me decía que debía operarme la nariz. Según ella, porque así conseguiría que los chicos me miren. Casi me convence. Felizmente en el camino algunos muchachos me miraron y me olvidé del tema.
Imagínense mi cara con una nariz respingada. Imagínense cómo hubiera sido la cara del papá de Fabio al descubrir que su primogénito no había heredado la naricita de mamá. ¡Seguridad, chicas! Somos más que físico.