Soy mujer e independiente, vivo de mi trabajo desde muy joven, nací en Lima pero mi familia es de provincia. Ingredientes suficientes para haber tenido uno que otro episodio incómodo. Es decir, que varias veces me he sentido discriminada.

He pasado, por ejemplo, por mecánicos de taller que preferían explicar los problemas de mi carro a mi acompañante. Sin importar que la que manejaba y pagaba la cuenta, era yo y la otra persona ni sabía montar bicicleta. Cuando era reportera de calle, me he cruzado con entrevistados que solo hablaban con mi camarógrafo. No me miraban antes, durante, ni después de la grabación. Como si no existiera. Entonces tenía que alzar la voz, buscar la mirada o mandar a mi camarógrafo a grabar a otro lado. En todos los casos siempre he sabido cómo actuar y hacer prevalecer mis derechos a excepción de una vez.

Tenía cinco años ejerciendo el periodismo. Me propusieron trabajar como conductora de noticias de otro canal. Dudé mucho. En ese entonces no sabía si mi destino era dejar los micrófonos y el correteo diario y sentarme en un set de televisión. Olvidarme del jean y el ajetreo de la calle y acostumbrarme a los sastres, la laca y el maquillaje. Dije que no y luego que sí.

Primera Edición 2003

La transición de reportera a conductora fue complicada. Para presentar las noticias hay que actuar sin actuar. Seguir ciertos formatos, estereotipos. Tono de voz, postura. Medir tus movimientos del cuerpo y rostros pero a la vez ser espontáneo. En la mesa de conducción me acompañaba un experimentado periodista.

Sin embargo hubo un escena que me hizo sentir como Grace de Al fondo hay sitio. Cuando la malvada Cayetana dejó caer lodo sobre ella, en medio de una fiesta.

Al inicio de esta etapa conducía y hacía reportajes a la vez. A los pocos días de haber empezado fui a una conferencia de prensa de un personaje polémico. Todos los colegas estábamos expectantes de sus declaraciones cuando una periodista de espectáculos me preguntó si era verdad que yo «salía» con un gerente del canal al que acababa de ingresar.

Era algo tan fuera de lugar, tan absurdo, tan sorpresivo, que solo sonreí y dije que no. De pronto hubo dos conferencia de prensa, la mía y la del personaje en cuestión. Al día siguiente los periódicos titularon: «Verónica Linares desmiente ser amante de gerente que la llevó a conducir noticiero matinal». Lloré mucho.

Fue la vez que más indefensa me sentí en mi vida. Discriminada de la manera más humillante: «Si está ahí es porque se acuesta con el jefe». Tan típico. Ni mi experiencia ni cualquier talento que me hubiera llevado a ese trabajo, existían. Siempre me he preguntado si ese chisme mal intencionado se hubiera creado si yo fuera hombre. Después de once años sigo en el mismo puesto. He tenido varios gerentes como jefe, hombre y mujeres.

Aquella vez sólo me quedó limpiar todo ese lodo que lanzaron sobre mí y seguir adelante. No es fácil entender que quienes hablan mal de ti en realidad te temen. No llores, solo sigue haciendo lo que sabes hacer, de la mejor manera. El tiempo se encargá del resto.