La primera vez que la vi en televisión no le creí una sola palabra. Se veía sana y tan tranquila que pensé que se trataba de una escena de un reality show. ¿Esta chica se va a morir? No parecía consciente de lo que eso significa: Chau, adiós, hasta nunca. Pensé que se trataba de una gringada, uno de esos artificios que mantienen en vilo al planeta entero a la espera de las decisiones que tomará el protagonista del programa.

Trabajo en televisión hace tantos años, que a estas alturas del partido, nada me sorprende. No sé si para bien o para mal pero me he vuelto escéptica a todo. Como en el juego de dados conocido como ‘cachito’, lo primero que siempre digo es: ‘dudo’. He visto a un padre llorando sin consuelo porque supuestamente su hijo había sido secuestrado, solo para descubrir después de un día entero de búsqueda que en realidad él mismo lo había matado. Ni qué decir de los romances de televisión que nunca existieron y a veces de la nada terminan existiendo. He escuchado a chicas pedir perdón a sus enamorados encarcelados por haberlos denunciado falsamente de violación. Esta semana presenté la noticia que el Club de fans del delincuente ‘más guapo del mundo’ pedía su libertad, y creía que se la merecía solo por serlo.

Así que no me juzguen si en algún momento pensé que la historia de la bella joven de 29 años que padecía de un cáncer terminal y que explicaba en televisión los motivos que la llevaron a optar por la eutanasia era un fake.


Brittany Maynard decidió morir al día siguiente del Día de las Brujas. Eso me pareció extraño. Más sospechoso me pareció cuando se dijo que no estaba tan segura de tomar las letales pastillas el día que tanto había planeado. Hasta creía que podría tratarse de una campaña auspiciada por alguna Asociación Civil pro vida que buscaba una reacción masiva: ¡No lo hagas, no te quites la vida! ¡Ten fe!


Pero era verdad. Brittany está muerta. Ahora sé que esa muchacha no tenía ya el mismo rostro de hace unos meses, que los corticoides la habían hinchado, que ella ya no era la misma. Sufría de convulsiones y esa maldita enfermedad en el cerebro era incurable. Los médicos le habían dado seis meses de vida.





Sabía que desde hacía varios años la eutanasia está permitida en cinco de los cincuenta Estados de los Estados Unidos y por eso pensaba que era más frecuente, pero no era así. En Oregon, lugar hasta donde se mudó Brittany con su familia, el suicidio asistido se aprobó en 1997. En 16 años más de mil pacientes terminales recibieron la prescripción médica para comprar las pastillas que acabarían con su sufrimiento pero solo 752 las tomaron.

Me gustaría saber qué pasó con los otros y qué dicen las estadísticas en los otros estados. No sé si esas 752 personas fueron valientes y las otras no. Pero sí me inquieta saber qué hizo que esas 421 no acabaran con su vida. Al igual que el resto, sabían del dolor y sufrimiento que aceleraría su inexorable muerte. Me pregunto por qué nunca he dado esa noticia.

Otra vez se abrió el debate de si está bien o no sacarle la vuelta a la muerte, al menos aunque sea adelantándosele. No me atrevo siquiera a lanzar hipótesis de cómo quisiera morir y menos aún si alguien de mi familia pudiera y decidiera hacerlo. Tal vez por cobarde o quizás porque soy muy positiva. De lo que sí estoy convencida es que en nuestro país eso todavía es muy lejano. Primero debemos garantizar completamente el acceso a una atención digna en los hospitales y luego, de repente, podríamos hablar de morir con dignidad antes que de sufrir.