Cuando todavía éramos adolescentes ella se fue a vivir a Estados Unidos. Al poco tiempo conoció al chico con el que se casó. Como saben en Gringolandia todo es ‘self service’: Hágalo usted mismo, porque no existen los ‘maestros’ que te arreglan la cocina o te cambian los plomos de luz. Al igual que yo, era una niña mimada que tenía por única preocupación ir al colegio y montar bicicleta con sus amigas en las tardes, así que sin mucha protesta dejó que su esposo, otro latino como ella, asumiera el rol de “mil oficios”.


No nos veíamos desde su divorcio hacía tres años, así que cuando nos reencontramos había mucho de qué hablar. Nuestra conversación giraba en torno a esos nuevos retos domésticos que afrontó desde que vive sin él, como pintar un cuarto con mameluco y sombrero de periódico, misma serie norteamericana. Ella creía (o tal vez ansiaba) que pronto su entonces esposo dejaría de estar distante y renegar de todo. Pero cuando “el otro” ya tiene una nueva pareja no hay nada ni nadie que pueda detenerlo. Tenían 20 años juntos y dos hijos.


Me contaba que incluso le resultó complicado comprarse una lavadora sin la asesoría de su exesposo. Nos burlamos las dos. Mientras reíamos yo trataba de hallar el momento indicado para preguntarle si estaba saliendo con alguien. La verdad, me moría de curiosidad de saber si ya había tenido sexo con otro. Sé que ella fue fiel durante su matrimonio, así que me intrigaba cómo había sido ésa segunda primera vez.


He escuchado de mujeres que no logran “acomodarse” con otra pareja, después de tantos años, supongo te acostumbras a lo mismo o tal vez en el fondo siguen pensando en el “ex”. Pero sé de quienes muy eufóricas dicen: ¡Otra cosa!

Le pregunté y su respuesta nos hizo estallar de risa. No entraré en detalle para no herir la susceptibilidad de los varones que estén leyendo esta columna. Solo les diré que de inmediato entré a Facebook para ver la cara del susodicho. Y empezó lo bueno. Me contó que hace un año sale con chicos que conoce por internet. Cómo habrá sido mi cara inquisidora al escuchar buscaba pareja por web que rápidamente se justificó.



‘¿En qué momento voy conocer hombres, si trabajo todo el día?’ ‘¿Yendo a un bar los sábados por la noche?’ ‘¿Y mis hijos?’ Se preguntaba y respondía ella misma. Me convenció.

Hasta hace veinte años se hacían reportajes en los programa dominicales de parejas que se habían conocido por internet. De hecho proliferaron las empresas dedicadas a ser cupidos cibernéticos. Hoy ya no se necesitan intermediarios. ¿Acaso no paramos todo el día frente a una computadora? ¿Por qué no conocer a alguien a través de ella?

No me alcanzarían estas líneas para enumerar los portales que existen de este tipo. Match.com, EHarmony.com, POF.com, por mencionar los más populares y confiables. Es como Facebook pero más directo. Nada de meterle letra a un amigo de tu amigo con cualquier pretexto, si es que aceptó tu invitación. O darle un ‘toque’ esperando uno de vuelta. En esos caso creo que existe la posibilidad de rebotar y con roche. Y ni qué decir de las comidas con compañeros de trabajo de tu primo. Si no te gusta, igual tienes que quedarte toda la noche para no quedar mal. Y luego decirle a tu primo su propuesta nada que ver.

En cambio en estas páginas todos se inscriben sabiendo qué buscan. Me parece más transparente y divertido. Te piden una definición personal, tus gustos, profesión, qué estudiaste e incluso un rango de ingresos. No vaya a ser que te choques con un vividor mentiroso, esos están en todas partes.

No digo que encuentres sí o sí al amor de tu vida pero en todo caso, matemáticamente existe mayor probabilidad de que te guste alguien la inmensidad del ciberespacio que en un bar con aforo para 150 personas. Además estamos en la cultura del internet, a culturizarse.