«¡Sí, mi amor!» Es la frase que se repite una y otra vez en un comercial de cerveza. Seguro lo han visto. Los protagonistas son unos supuestos saco largos que aceptan todo lo que la pareja les pide con tal de que los jueves los dejen reunirse con sus patas a tomarse una chelas.

Cada vez que escucho la tonadita y veo la cara burlona de los susodichos, se me revuelven las tripas. Dicen que los comerciales recogen situaciones de la realidad para captar la atención de su público objetivo. Pero me resisto a aceptar que somos unas torturadoras. ¿De verdad así funcionan algunas parejas? ¿Tantas como para que sea una escena reconocible a escala masiva? No entiendo, por qué hay que obligar al marido a hacer cosas que no le gustan.

En el comercial se ve a una joven limándose las uñas mientras él termina de pintarse la cara con los colores de su equipo favorito de fútbol, listo para ir al estadio. Ella, sin dejar de mirarse las manos le pregunta: «¿Te estarás arreglando para ir al lonche de mi tía?» Y con voz de sargento, exclama: «¡No, amorcito!» El esposo primero la mira un poco asustado y luego cambia de cara para responder muy diligente con la famosa frasesita.

¿Para qué lo vas a llevar a una reunión así? No digo que lo excluyas de los cumpleaños de tus papás, ni de la Navidad familiar ¿Pero al lonche de la tía ‘Rosita’? ¿qué va a hacer ahí? ¿De qué va a hablar? De repente resulta siendo el único hombre porque ningún otro atracó. ¿Y si después te lo reprocha? No te conviene. Además, pensándolo bien, ¿no crees que sola estarías más cómoda?. Ya no tendrías que preocuparte de él: Si comió el sanguchito que le gusta, si quiere café o gaseosa, si la conversación está entretenida, si dice alguna lisura, o si se desconecta por completo mirando su celular. Imagínate si de pronto una prima tuya tiene un chisme de tu ex, con él ahí tendrías que esconderte para que te lo cuente.

Mejor cada uno en los suyo. Él al futbol y tú a tu lonche. O podría ser: tú al fútbol y él a tomar lonche con su mamá. Si es tu esposo, podrían quedar en verse en la casa al terminar sus actividades. Y si es tu enamorado, de repente se ven al día siguiente, ¿por qué no?. Por ahí que la tía Rosita es una extraordinaria repostera y has comido tantos dulces que lo único que quieres es estar echada boca abajo sin hablar. Si es fin de semana, qué tal si les planteas salir cada uno con sus amigos, a ver qué pasa. Tener a tu chico amarrado a ti no garantiza amor eterno. Y puede sofocar.

Hace poco unos colegas, ya mayorcitos, se disputaban el premio del más saco largo. «Yo, maestro, sin duda». El otro afirmaba «No, yo me dejo llevar, caballero nomás». Un tercero decía con orgullo que luchaba hasta el final. Yo reía. Ellos me miraban y decían estar seguros yo debía ser la más dictadora del mundo. En lo absoluto, explicaba en vano. A veces mi voz alta y de excesiva transparencia, confunde.

Pero les digo, «mis amores» (con voz sarcástica y en el contexto del comercial chelero) que cuanto más libre dejen a un hombre, más pendiente estará de ti. Hagan la prueba. Y van a ver que en vez de decir «Sí, mi amo», dirán «¿Dónde estás mi amor?». Salud.