Mi prima Mónica siempre fue la número uno en el colegio. No sorprendió cuando entró como jugando a la Universidad más cara del país a estudiar Economía. En esa época, el examen de admisión era un trauma existencial. La bromeaba diciéndole que ella iba a mantener a toda la familia y que nosotros -sus 12 primos- no tendríamos que preocuparnos por estudiar.
Su habilidad con los números y capacidad de comprensión lectora contrastaba con sus hábitos y manías. Vivía sola y creo que nunca la vi cocinar, tender la cama, limpiar los baños o botar la basura. Contrataba a alguien que lo hiciera. Mónica siempre fue amiguera, de fácil sonrisa y sobre todo muy relajada. No recuerdo haberla visto llorar por algún problema, menos aun sufrir como una Magdalena por un amor imposible. Hasta que se convirtió en madre.

Un día estábamos en el departamento de mi abuela paterna con mi papá, ella y su primer hijo de casi 3 años. Habíamos comprado una cama de hospital para la abuela e intentábamos descifrar cómo funcionaba. Yo le daba vueltas a una manija para comprobar que así se levantaba la cabecera. De pronto el bebe metió la mano en la estructura que sostenía el colchón y sin darme cuenta la aplasté. Mi sobrino empezó a llorar de dolor. Yo me puse nerviosa y en mi intento de liberarle la mano la apreté más. El pequeño comenzó a gritar sin control. A mi lado, Mónica lloraba sin moverse. Mi papá entró corriendo y a la fuerza levantó esa especie de catre. El bebe sacó la mano. Su mamá lo cargó y se fueron al baño llorando.
En ese momento no entendí las lágrimas de mi prima y la juzgué. Pensé que se había vuelto muy nerviosa y que le transmitiría inseguridad a su hijo. Que debió estar fuerte para calmarlo y eventualmente curarlo. Hoy recuerdo el episodio y me siento tonta. No sabía nada de lo que significa ser madre
No hay forma de describir los sentimientos que se van formando día a día con la maternidad. Nada de tu pasado se compara al impacto de ver sufrir a tu hijo: ni saber que él te fue infiel, ni la traición de tu mejor amiga, ni que te boten del trabajo por una injusticia representa el 5% del dolor que te causaría saber que tu bebe pasa por un mal momento. Incluso las peleas con tu madre –la autora de tus días- pasan a un segundo plano. Ellas lo saben porque lo viven con nosotras.
Luego de la operación que le hicieron a Fabio en Estado Unidos, ha estado manifestando sus frustraciones de mala manera y con más frecuencia: lo que no le gusta lo tira y si no le haces caso reparte manazos. Las profesoras dicen que eso es emocionalmente sano y que solo hay que enseñarle a expresarse de otra forma. Pero en el camino reniega, se asustade sus reacciones, pide perdón, llora y me abraza. Yo respiro profundo, trago saliva y aguanto el llanto. ¿Cómo lo ayudo para que esto pase rápido?
Hoy la profesora lo consolaba mientras estaba en mis brazos. Fabio escuchaba y a mí se me caían las lágrimas. Pensaba: ¡Por favor, Verónica, qué te pasa! Y me limpiaba la cara al toque. Hoy entiendo todo: Queremos que nuestros hijos sean como los superhéroes, con poderes que los haga inmunes al sufrimiento, la debilidad, las enfermedades.
Fabio ha logrado abrir en mí una celda que estaba cerrada con cadenas y guardaba mi parte más vulnerable. Creía que podía superar cualquier problema pero no es así. Ahora mi prima Mónica y yo somos comadres. Vive al otro lado del mundo, pero siempre intercambiamos fotografías de nuestros hijos. Cuando me comparo con ella, vuelvo a verla como la mujer relajada y despreocupada de antes. Ahora la que parece una madre nerviosa soy yo