Seguro han escuchado, varias veces, eso que “las mujeres se mueren por los hombres uniformados”. Bueno yo, no. Con todo respeto, la uniformidad me raya el cerebro. Desde el colegio odiaba voltear a la derecha, a la izquierda, atrás y ver a todos vestidos igualitos. ¡Qué estrés! Tampoco entiendo la sumisión. Eso de aceptar lo que un “superior” te diga, sólo porque lo es, no me parece justo. No atraco. Desde niña siempre he preguntado: ¿Por qué? ¿Ah?

Solo tengo 3 amigos, muy queridos, de las Fuerzas Armadas, de la Marina de Guerra: Renato, Omar y otro Renato. Los 3 tienen varias cosas en común. El corte de pelo, su postura recta al comer, su amistad incondicional, su juerga interminable, entre otras. Pero lo que más los caracteriza es esa transformación que sufren sus rostros cuando hablan, con emoción, de su institución.

El fin de semana vi un video, que uno de ellos me mandó, sobre el trabajo que realizan en el VRAE. Se trata sólo una parte de la labor que cumplen nuestras FFAA, todos los días.

La edición la hizo la Dirección de Información de la Marina de Guerra, con imágenes de los celulares de la infantería y los operadores especiales destacados allá.

(2m23s-4m17s/ 4m46s-6m05s)

Veía estas imágenes avergonzada. Estaba echada en una hamaca, en la terraza de una casa de playa al sur de Lima. A veces los civiles somos tan injustos con los militares.

Entendí que sin disciplina castrense sería imposible sobrevivir en esas condiciones. Pero también pensé que no podría vivir teniendo a un esposo, a un hijo o un hermano allá. Y no, aún no pertenezco a ese grupo de mujeres que «sin miramientos, dudas, ni murmuraciones» gusta de los uniformados, pero debo confesar que los admiro, y mucho. ¡Gracias!