Mi abuela, viuda desde los 56 años, siempre vivió con nosotros. Como mis papás trabajaban, ella era la encargada de cuidarnos a mi hermana y a mí. Dedicó su vida a nosotras.

Recuerdo que cuando tenía cinco años, me preguntaba –todos los días– si quería acompañarla al mercado. Por esa época, la entrada al colegio era a las 2 de la tarde. Sabía cuál sería mi respuesta, pero siempre fue juguetona, burlona y de fácil sonrisa: «O te quedas limpiando la casa».

Ella caminaba rapidito y cada vez que salíamos a la calle me decía: «Apura, apura hijita». Yo iba corriendo agarrada de su mano. A ella le debo mi andar ligero. De hecho, mi amiga Carolina dice que mi personalidad no es como la de mi papá o mi mamá sino como la de mi abuela.

Hilda con Fabio

Los recuerdos con ella durante mi infancia y adolescencia parecen extenderse hasta el infinito. Las rosquitas que preparábamos en las tardes viendo “El Chavo del ocho”. El lonche con pan, mantequilla y mermelada. La rutina a la hora del almuerzo: cada cucharada era por algún miembro la familia: ¿Y esto es por…? Mi mamá. ¿Y este? Mi papá. ¿Y este? Sofi y así una tras otra hasta antes de ir a estudiar.

Ya más grande, era mi alcahueta a regañadientes. Mi mamá había contratado a unos profesores de música que iban tres veces por semana a la casa. Pero siempre fui negada para tocar algún instrumento y me aburría tener que repetir lo mismo una y otra vez. Ella se encargaba de salir a la puerta y decir: «Disculpe, Verito está resfriada». Yo escuchaba desde mi cuarto con el volumen de la tele bajito, aguantándome la risa.

Hoy, Hilda lleva un mes sin poder moverse de la cama. Estamos esperando que su cadera derecha suelde. Verla casi inmóvil y usando pañales me pone mal. Siempre fue tan independiente, tan activa, tan rebelde. Quiere pararse para ir al baño. Como no hacía caso, le tuvieron que poner una sonda. Se la arrancó y ahora está con una infección. Desde el 28 de julio la hemos internado en la clínica tres veces. Sacarla en camilla, con tanto frío y meterla a una ambulancia es algo que nunca imaginé que sucedería.

Además ha empezado a repetir mucho las cosas. No entiende que no puede caminar. Los doctores dicen que son las consecuencias de una fractura de cadera sin operación. Que estar así, dependiente e inmóvil, acelera la demencia senil. Me da miedo preguntar cuál es el pronóstico de recuperación. Ya me han adelantado que podría dejar de reconocerme. Me duele pensar que en algún momento no sabrá quién es mi hijo.

Creemos que seremos jóvenes para siempre. Que nuestro cuerpo seguirá fuerte y nuestra mente ágil. Pero los años pasan sin pedir permiso. Y lo que hoy parece de vida o muerte luego será intrascendente: en algún momento, cuando sostener una cuchara sea un logro, ya no importará hacer dieta para el verano. No interesará estar siempre arreglada o con el pelo bien teñido ocultando las raíces, tal vez lo único que querrás es poder dormir sin dolor en el cuerpo.

El 1 de octubre –el Día del Periodista– Hilda cumple 90 años. El año pasado le prometí que nos iríamos a bailar. Ojalá que para entonces esté en la casa y podamos cantarle el ‘happy birthday’. No quiero pensar mucho en el futuro de mi abuela. Me quiebro. Solo quiero verla de pie otra vez, solo eso.