Quería controlarlo todo. No es que me cayera mal, pero aquella chica siempre quería decidir qué haríamos: ir al centro comercial, alquilar una película en VHS, invitar a chicos a las reus o no, todo pasaba por su venia. Estaba en el salón de mi mejor amiga del barrio, así que -muy a mi pesar- la veía con cierta frecuencia. Nunca logré entender por qué era tan popular. No destacaba por su belleza, cada bimestre su libreta estaba llena de rojos, en las clases de educación física no podía ni dar un volantín y sus chistes no eran graciosos sino pesados y hasta ofensivos. Siempre tenía en el rostro un gesto de superioridad, como si viviera con la ceja alzada. Jamás se hubiera llevado la corona de Miss Simpatía pero todos –hombres y mujeres- querían parar con ella.

Cuando entramos a la universidad, dejamos de vernos hasta que, gracias a Facebook, nos reencontramos luego de años. No me negué a la cita, porque quería saber qué había sido de mis compañeras de los quinceañeros. Además, imaginé que ya estábamos muy viejas como para conservar rencores de la adolescencia.

Mi amiga del barrio y yo llegamos primeras al restaurante. Luego de un abrazo prolongado e intercambio de halagos -¡estás igualita!- hablamos de ella.

Me adelantó que no debía sorprenderme si en algún momento de la conversación lanzaba algún comentario fuera de contexto, como que el mozo la estaba mirando demasiado y temía le hiciera daño. O que si al retirarnos nos pidiera que subiéramos por otras escaleras porque había visto que “alguien” la estaba persiguiendo.

La ex chica popular del salón sufría de una especie de trastorno emocional que la ponía paranoica. Me quedé de una pieza. Al parecer desde los doce años tomaba unas pastillas para controlar el apetito y eso le habría generado algún daño en el sistema nervioso. Cuando nos reencontramos, estaba en pleno tratamiento de recuperación del trastorno.

Siempre comentábamos de la existencia de las famosas pastillas mágicas que evitaban la tragadera a la hora del recreo, pero nunca nadie dijo que las usaba, o por lo menos yo no me enteré. No sé qué contenían esas pastillas, pero entiendo que meterse al cuerpo una sustancia extraña que cambie las órdenes que emite tu cerebro, tendría que dejar efectos secundarios: quieres comer pero se te quitan las ganas. Eso no puede ser sano.

Me atrevo a contar esta historia porque cada vez escucho a más mujeres que no podrían vivir sin esas pastillas. Ellas aseguran que ahora son capaces de comerse ese postre extra, pero también aceptan que mientras los kilos indeseables desaparecen, aparecen el malhumor, las peleas con el esposo y los hijos, la taquicardia, los desmayos y la intranquilidad. ¿Acaso vale la pena todo esto?

Muchas de estas cápsulas o glóbulos –es otra de su presentaciones- contienen sibutramina, una sustancia prohibida en Estados Unidos, no solo por los problemas cardíacos que podría ocasionar sino porque entre sus efectos secundarios se encuentra la depresión. Si tener una figura corporal que no nos satisface maltrata nuestra autoestima, ¿se imaginan tomar de manera voluntaria algo que te deprima durante años?

Pero lo que sí me parece una locura total es esa moda de las inyectables de hormonas del embarazo. Cuando lo escuché pensé que se trataba de una broma. No puede ser que una mujer quiera recibir las hormonas que el cuerpo genera cuando lleva un niño en el vientre, porque dizque aceleran el metabolismo. Qué absurdo.

Lo que más me disgusta de toda la oferta para bajar de peso -duiréticos, garcina gamboyana, carnitina, nuez de la India, hormonas tiroideas- es que hay un mercado femenino cautivo y afanado por controlar su apetito que prefiere ignorar los casos extremo y las consecuencias negativas que sabemos que estos productos tienen.

El almuerzo del reencuentro fue tenso y creo que hasta triste. Ya pasaron tres años desde entonces y por más que trato de saber de ella parece que el Facebook se la hubiera tragado. Lamento no haber sido mejor amiga de la chica popular del salón