Eran casi las 8 de la noche de un sábado de setiembre del año pasado. Yo iba camino a la peluquería. Prendí la radio, noticias como siempre, y escuché algo que no podía creer. Un joven, hincha de Alianza Lima, había caído desde uno de los palcos del Estadio Monumental. Los reporteros hablaban de una trifulca. Me asusté, mi hermana había ido a ver ese clásico. La llamé y me contestó feliz. El alma me regresó al cuerpo. No sabía nada. Le conté.

Cuando vi la imagen de Walter Oyarce, en medio de un charco de sangre, con su polo de Alianza Lima, pensé que nunca lo olvidaríamos. Pero me equivoque.

En ese momento salieron indignados congresistas, desentendidos dirigentes deportivos, sorprendidos periodistas políticos. Todos, parecían vivir en otro país. Desde hacía años que la violencia había hallado en el fútbol un gran pretexto. Muertes por enfrentamientos de supuestas barras, todas las semanas. Per en los conos, no en un palco. Me entienden, ¿no?

Hubo promesas, compromisos aceptados a regañadientes. Parecía que finalmente haríamos algo. Empezar campañas, trabajo con jóvenes, con ayuda de la policía, los dirigentes, los medios de comunicación, los futbolistas, la sociedad en general. Los de arriba y los de abajo. Pero me equivoqué, otra vez.

El jueves de la semana pasada los dirigentes del Cristal y Alianza Lima estrecharon las manos y con la venia de la Asociación Deportiva de Fútbol Profesional se abrieron las puertas del Monumental a los llamados partidos importantes. Ajá, nuestro súper campeonato. Sí, sí, claro. Cada vez que haya un partido de fútbol, no vamos a estar hablando de Oyarce, pues. Escucho comentar a algunos colegas deportivos. Bueno, si el propio Luis de Souza piensa así, qué podemos esperar del resto.

(1m28s)



¡¡¿Ya pasó?!!! Alucinante.

El padre de Walter no lo olvida, nunca lo hará. Su batalla en el Poder Judicial continúa. Este señor podría haberse enfrascarse en buscar justicia solo para su hijo pero ha preferido trabajar en una campaña para erradicar la violencia del deporte que menos alegrías nos ha dado pero, que duda cabe, que más pasiones nos genera.


Nadie dice que hay que acabar con el fútbol para acabar con la violencia. NADIE. Sería estúpido hacerlo. Pero más estúpido es, usar ese supuesto negado, para no hacer nada.

Perdimos una gran oportunidad. Todo sigue igual. Seguro en unos días volveré a entrevistar a una desconsolada madre diciendo que su hijo murió en medio de un enfrentamiento de barras y escucharé esa frase que me deja impotente todos los días: Para nosotros, no hay justicia, señorita.