Era la una de la mañana de un lunes, el día anterior Fabio había convulsionado durante casi treinta minutos. Los doctores no tenían aún un diagnóstico. Momentos tensos y tristes. Salía de UCI pediátrico desencajada e impotente. Mi bebé recién había conciliado el sueño, tenía una vía en el pie por donde le administraban los medicamentos y la fiebre no le bajaba. Entonces vi a mi papá aparecer por el pasadizo.


Me sorprendió porque hacía poco nos habíamos despedido, creo que apenas había pasado una hora. «¿Cómo sigue Fabio?» me preguntó nervioso. «Igual nomás», le respondí confundida. Me miraba con los ojos bien abiertos pero su postura era cabizbaja. Conozco esa expresión, la he visto siempre que hemos pasado problemas fuertes. Significa: ¿Qué hago para que no sufras? «Anda a tu casa hijita, yo me quedo, ¿acá a dónde vas a dormir?» reflexionó. Intercambiamos un par de frases, le expliqué que ya me había instalado en un sillón. Lo convencí de que se fuera.


De aquella escena han pasado 15 días y ahora que tengo a Fabio saltando sobre mí, jugando como siempre, la recuerdo y me pregunto si mi papá pensaba que le haría caso. Es decir, ¿creía que agarraría mi carro, cruzaría la ciudad hasta mi casa y podría dormir tranquila? ¿Que dejaría a mi bebé en cuidados intensivos y a mi padre de setenta y tantos durmiendo en un sillón, doblado en cuatro? Pero en esos momentos, uno no piensa ni razona, solo ama. Lo sé ahora que tengo un hijo.

Se habla del amor de madre siempre y del padre mucho menos. Lo entiendo porque a veces ellos desaparecen o son distantes y hay que seguir adelante. Pero cuando esa presencia es constante, todo cambia. Los papás son protección, fortaleza, decisión. Es la seguridad que me impulsa a «intentar alcanzar el cielo aunque solo llegue a las estrellas».

Disculpen que solo conozcan la espalda de mi hijo pero por acuerdo familiar no puedo mostrar su rostro

Dicen que las mujeres buscamos como pareja a alguien que se parezca a papá. Yo odio ser parte de la estadística pero siempre termino siendo un número más. La casuística a veces se convierte en fórmula matemática.


Aquella semana en la clínica durmió a mi costado un padre comprometido. No era el mío y no estaba doblado en cuatro sino en seis, tratando de hacer entrar un metro ochenta dos en un sofá de metro y medio. Lo único que quería era estar ahí en el momento que su hijo vuelva a girar la pelota. Ansiaba escuchar que le pidiera ‘pana’, un rito entre ellos: Fabio pone su cabecita en la cama, como queriendo hacer un volantín y espera a que papá lo agarre de los pies y lo cuelgue diciendo ‘Campana, Campana’ con voz gruesa como si fuera un león.


En un año este hombre ha cambiado costumbre y manías que nadie imaginaba podría dejar. No lo hizo por mí, ni por él. Lo hizo todo por su hijo. Una vez, cuando le preguntaron cómo así dejó de fumar, dijo: «La idea es mostrar nuestras debilidades lo menos que se pueda.» Felizmente mi Fabio también tiene a su león que lo protegerá para toda la vida. ¡Feliz día papás!